martes, 11 de enero de 2011

De CAMILO PEREZ SALAMANCA



Ibagué en Flor
Ibagué en septiembre se hace flor.
los encajes lilas, blancos y amarillos, tejen su policromo,
las Evas  núbiles siembran ocobos en el alma.
a lo lejos la voz de Leonorcita, canta: "No hay nada más lindo que tú".
desde la eternidad el piano de Castilla, interpreta el Bunde Tolimense,
la tempestad de pétalos van cayendo, en aguacero tapizando prados y andenes,
en septiembre los poetas sueltan a! aire palomas mensajeras.
Arturo Camacho Ramírez, escribió. "Nada es mayor que tú, sólo la rosa"
José Faxir Sánchez: "Quiéreme ahora que estoy vivo",
el territorio lindo de la tercera, es un mar de sirenas con alma,
el sábado huele a tamal y la sandía ofrece el aroma del paraíso,
en septiembre murió Tulio Varón y Denhur Sánchez. escribió: "Buen viaje Generar,
Lolita Golondrinas saltó de la novela
para desfilar por la enorme pasarela de la Tercera.
El Libro Cantor de Álvaro Hernández
en septiembre resucitó a nuestros héroes de la infancia,
el Nevado del Tolima en la altura, coquetea con las Mores de ocobo en la lanura,
en verano el cantarino río Combeima, besa la piel de sus mujeres,
Amina en el paraninfo de la música, entrega a Euterpc una corona de ocobos,
frente al palacio del mango, 'I nana pintó a "Nosotros los Pijaos”,
en la catedral del gol de la 37 el canto se hace vinotinto y oro,
de la eternidad vinieron Baco y Dionisio a degustar el Tapa Roja,
Ibagué en septiembre se hace flor.
en Pan de Azúcar, Adonis y Afrodita inician la bohemia de los besos,
cometas y panderos de colores buscan algún misterio, en las entrañas de las nubes,
La Martinica como un gigante inolvidable, vigila el ritmo y los sueños de la ciudad.
El León del Tolima Pedro J. Sánchez, es la leyenda
el hijo del Olimpo que conquistó la gloria en las montañas.
Edna Margarita Rud  Lucena, la afrodita de la nueva Pompeya
trajo toda su belleza en su rostro de mujer.
Olga Walkiria Sánchez, la Venus de la canción, canta “Llévate todo, menos el bar".
las gargantas de Silva y Villalba perfuman de ternura la ciudad,
el Viejo Tolima con su picaresca sanjuanera
le saca sonrisas a las cuerdas y a la gente.
La Selección Tolima del 64 y 68,
subieron como héroes imberbes por la angosta tercera de otro tiempo,
como si hubieran ganado los campeonatos en Marte, en Júpiter o en la Osa Mayor.
Ibagué en Flor es la fiesta de la palabra
y el canto poético de los que en su alma hay vergeles,
Edgar Varón, Víctor Sánchez, María del Carmen Mantilla, Oscar Amaury
y una tropa de palabreros
que han hecho de la estética una fiesta de la inteligencia,
las salas de arte se iluminan con los rostros y las obras de Mariana Várela.
Claudia Llanos. Ana María Rueda. Azucena Ramírez y Ana María Devis,
las esculturas de Edmundo Fachini, Enrique Saldaña y Totoya Bonilla
parecen tener el aval de Galatea
y ser mundos nacidos de la dimensión estética en esta época.
Las trompetas de Chilo Rey se escuchan a lo lejos
siempre suenan cuando florece Ibagué.
El placer de escribir
Por: Alberto Santofimio Botero
Naturalmente que uno escribe cuando piensa que tie­ne algo que, saliendo de lo más hondo vale la pena expresarlo y trasmitírselo a otro. Escribir es rescatarse de un abismo silencioso, es liberar el ser de la prisión interior y lanzarlo al desafío de convivir, a través del valor de las pala­bras, con el extraño mundo de los demás. Es atreverse a trajinar el vasto territorio de lo desconocido que, en ocasio­nes linda, con el delirio y la locura. Es sacar de la medita­ción intima a la superficie un pensamiento, una idea, una ficción, una fantasía que creemos tiene el mérito o el valor de ser compartida. Por eso, ante todo, escribir es entonces romper la soledad y desafiar el aislamiento. Sin embargo, no es una tarea sencilla. El reto de enfrentarse a las cuarti­llas en blanco constituye una monumental batalla del talen­to y de la inteligencia para lograr traducir, pulcramente en palabras, la fuerza de las ideas o de los sentimientos. Es un proceso complejo porque como bien lo dijo el escritor y filósofo Max Aub, en sus celebres « Aforismos en el Labe­rinto» «escribir es ir descubriendo lo que se quiere decir». Aprender a dominar las palabras es lo que nos hace real­mente humanos y profundamente racionales, pensamos nosotros.
Pero, en este trance influyen, de poderosa manera, la personalidad, el medio, los conocimientos, el tiempo histó­rico en que se vive y la acendrada pretensión de conquistar lectores. Esta constituye la ambición suprema del escritor. Su tragedia, por el contrario, es no tener lectores. El dolor y la frustración que genera por ejemplo el fracaso de un libra o ausencia de reconocimiento de la crítica. En estos casos los escritores llegan al extremo de quedar atrapados por las garras del silencio por un periodo determinado o defini­tivamente, según la gravedad del caso, y de esto hay nu­merosos ejemplos en la historia de la literatura universal. Inicialmente más que fama y gloria lo que el escritor busca con afán son lectores.
Además, quiérase o no el escritor termina siendo una legítima expresión de la vida de su tiempo. Su mente, así quiera elegir el deleite de la escritura solitaria, no logra es­capar plenamente de los elementos de su entorno exterior que tienen de todas maneras influjo en su tarea intelectual. El paisaje, la gente, la música, el ambiente, las cosas, el ruido de la calle, la atormentada visión del noticiero, el supli­cio del teléfono invaden con su presencia, de manera avasallante, el mundo interior del escritor. Razón tenía Ca­milo José Cela cuando expresaba que «una gran obra solo puede ser producto de una gran soledad». Y en esta medi­tación aparece siempre la relación entre periodismo y lite­ratura, la preocupación por establecer hasta donde el pri­mero sacrifica a la última o por el contrario, el ejercicio del periodismo conduce, en muchos casos, a la anhelada perfección literaria. Pero, quizás por todas estas cosas senti­mos el impulso y el placer de escribir libremente, pensando que al hacerlo, coincidimos con la española Rosa Montero cuando afirma que «escribir es flotar en el vacío».